A tiro de piedra
Una expresión tan en desuso que los muy jóvenes quizá no hayan oído. Es un recurso casi poético del que se sirvieron nuestros abuelos para decir que un lugar queda cerca. ¿Cuánto falta para llegar a tal sitio? Ya está a tiro de piedra. Es decir, ya a la vista; ya a la mano.
Lo pensamos así porque los primeros lugares por incluir en este intento circundaban la Ciudad de México. Después la idea maduró y los sitios de interés cobraron kilómetros que en algo forzaban el título, así que, para justificarnos, consideramos justo añadir a estas líneas una o dos naderías que pasan con las piedras arrojadizas, y es que no todas se arrojan igual. Hay las muy planas que se lanzan sobre un lago intentando hacerlas rebotar sobre la superficie; las hay gigantes que se hunden pesadas hasta el fondo emitiendo un eructo acuático; las hay imaginarias que uno se agacha a recoger para engañar a un perro alevoso, las hay sembradas a la mitad de un charco para saltar sobre ellas y no mojarse, las hay certeras que buscan y dan en el blanco… Vamos, que hay tantas maneras de arrojar una piedra como distintos destinos y modos de viaje se encontrarán aquí.

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